martes, 11 de agosto de 2015

Sucre, la París de Bolivia


Imagen tomada de www.globeimages.net

 El pasado 22 de mayo, experimenté uno de los viajes más inolvidables de mi vida, con destino a una ciudad tan, pero tan hermosa, que me ha dejado con ganas de ir otra vez. Fui como parte de un trabajo en grupo para la materia de Fotografía; muchos especulábamos sobre las maneras en las que íbamos a morir en el viaje, incluso un desperfecto en la flota (bus) nos asustó, pero al final todo salió bien. A lo largo de esta entrada, narraré experiencias personales de esta visita tan peculiar de dos días, apoyándome con fotografías tomadas por mis compañeros y yo.

 ¿Por qué decidí titular a esta entrada "Sucre, la París de Bolivia? Bueno, esto surgió de dos ideas fundamentales. Una de ellas es que tanto Sucre como París constituyen ciudades capitales, la primera de Bolivia y la segunda de Francia. Otra es que, en cierto momento, una compañera comentó: "Hay muchas parejas por aquí, todo es muy romántico". No fueron esas sus palabras exactas, pero sí algo parecido, y como París es considerada por algunos "la ciudad del amor", tomé la frase de mi compañera como punto de partida para considerar a nuestra capital "la ciudad boliviana del amor".

 Conocida a veces como "La ciudad blanca" (por su arquitectura y color colonial) o "La ciudad de los cuatro nombres" (por Charcas, La Plata, Chuquisaca y Sucre), este es uno de esos "must visit" que cada país tiene en particular, y en el caso de Bolivia, es como una ventana hacia su pasado, cuando se fundó como república. "Es que aquí nació Bolivia", decía la vendedora de una tienda de recuerdos cerca de la plaza principal cuando una compañera le preguntó por qué enceraban tanto los pisos de los edificios en Sucre.

 Habíamos partido un viernes a las cinco de la tarde, y llegamos al día siguiente a eso de las cinco de la madrugada. Antes de llegar, veíamos un conjunto de luces amarillas que formaban un paisaje hermoso rodeado de cerros. Todos quedamos maravillados, y al notar la belleza de semejante "pueblo luminoso", dedujimos que estábamos a punto de entrar a Sucre.

 Cuando llegamos, salimos de la terminal para ir a un hostal cerca de la plaza principal; era de 4 estrellas, y servían desayuno gratis el primer día. Luego de comer, mi grupo, compuesto por 7 personas incluyéndome, decidió que lo mejor sería ser de los primeros en terminar el trabajo para tener tiempo de ocio después y poder disfrutar de la ciudad. Fue la mejor decisión de todas, porque al finalizar el viaje oí que varios compañeros decían que no tuvieron tiempo de ir a tal o cual lugar porque tardaron bastante en sacar las fotografías que había pedido el docente.

 Pero bueno, a continuación seguiremos el viaje cronológicamente, clasificándolo por los lugares visitados:


Plaza 25 de mayo


 Como habíamos llegado a la ciudad en épocas de festejo, en las cuales se celebraba el primer grito libertario en América del 25 de mayo de 1809, la plaza principal, que lleva el nombre de esa fecha, estaba siendo lugar de desfiles escolares. Fue muy interesante dar un primer vistazo a los sucrenses a través de esta marcha, había tanto gente morena como blanca. Las banderas del departamento de Chuquisaca (donde se encuentra Sucre) flameaban por doquier. En particular, había muchos niños y jóvenes con chompas rojas, uniforme de un colegio llamado Jaime de Zudáñez, según recuerdo.


Estudiantes con vestimenta tradicional y de banda escolar.

 Una vez acabado el desfile, la plaza se fue despejando y podíamos tomar las fotos de trabajo con más calma. Caminaban por ella tanto sucrenses como turistas, siendo estos últimos en su mayoría muy blancos y rubios que, según me contaron algunos compañeros, eran suizos y holandeses.

 La vestimenta que usaba la gente era variada: iba desde pantalones, chompas y bufandas hasta shorts, camisetas y gafas de sol. Para mí, el clima que se sentía allí era algo confuso, pues en la sombra hacía frío mientras que bajo el sol daban ganas de sacarse la chompa. De todos modos, mayormente hacía calor, y algunos recibían el clima con más naturalidad que otros.


Una niña con su bolsón.

 Cuando me tocó usar la cámara, vi una oportunidad para hacer las fotos del trabajo: dos niñas vendedoras que pasaban por ahí. Les pedí que se dejaran fotografiar y ellas me pidieron que a cambio de eso les compre un bocadillo, lo cual acepté. Era algo que parecía malvavisco color púrpura, verde y amarillo con gelatina, todo en forma de pedazo de pastel.


Vendían deliciosos dulces a 5 pesos.

 Algo que destaca bastante son los alrededores de la plaza, con pasos de cebra muy confusos. A pesar de ello, fue divertido cruzarlos. También destacan en esta plaza los monumentos que hay dentro de ella y su vegetación tan pura y estéticamente agradable. 


No sabíamos qué camino de rayas blancas tomar, incluso teníamos miedo de ser atropellados.

El centro de la ciudad


 Habiendo terminado de explorar la plaza 25 de mayo, caminamos por varias partes del centro de la ciudad, donde nos encontramos con edificios coloniales y plazuelas. Al observar semejantes joyas arquitectónicas, me fue inevitable imaginar cómo sería atravesar esas calles hace tres, cuatro o cinco siglos, con vestimenta típica de la época y viendo a otros también pasar por ahí.


"La ciudad blanca".

 En esta parte de la ciudad las calles son relativamente planas, en cambio, cuanto más se aleje uno del centro se encuentra con calles algo más empinadas.


Fachadas como esta recuerdan al siglo XIX.

 Es difícil saber realmente qué se conserva de siglos pasados y qué no, porque no solo hay edificios coloniales, sino también modernos. Es, además, bien sabido que el patrimonio histórico se restaura cada cierto tiempo, no se deja tal y como estaba, pero tal vez haya partes que se dejan sin restaurar; esa es la inseguridad de la emoción histórica que sentía yo al observar las edificaciones sucrenses.


Entrada a un lugar donde dan clases de español para los turistas.

 Por estas épocas también tuvo lugar el Festival del Chocolate en el edificio de la CAINCO (Cámara de Industria, Comercio y Turismo). Se vendían como pan caliente tanto en la planta baja como en el primer piso.

 En un stand trabajaba una chica muy hermosa llamada Flavia, era blanquita, de pelos castaños y de ojos claros, aunque tenía una mirada algo triste o preocupada. Fui a que me venda chocolate blanco ese sábado y también al día siguiente, aunque no me animé a conversar con ella. Es de los recuerdos más gratos que me llevé de Sucre, ¡era demasiado bonita!


La gente iba allí a degustar de una enorme variedad de chocolates.

 Estábamos tan concentrados en hacer nuestro trabajo que no tuvimos tiempo de pensar en el miedo de que nos roben la cámara, y al parecer Sucre no es una ciudad que se caracterice por su delincuencia. En sí, su gente tímida pero muy amable y respetuosa. De hecho, respecto al acoso sexual, una compañera comentó: "Aquí los hombres son más respetuosos que en Santa Cruz, allá te miran y te dicen de todo, en cambio acá te miran nomás y no dicen nada".


Un interesante contraste entre pobreza y riqueza.

 En cuanto a transporte, había taxis y micros Al principio, vimos que las líneas de micros (sus distintivos) consistían en letras, lo cual nos pareció raro, pero luego vimos que también había micros con números. Los taxis pueden cobrar por hora, llevando al pasajero a donde este le indique, esperándolo si va a hacer algo en dicho lugar y llevándolo después a otro, y así sucesivamente.


Las calles son bastante tranquilas, y casi no se oyen bocinazos.

 Luego de invertir toda nuestra mañana en explorar el centro, nos fuimos a almorzar al Mercado Central, donde había también otros grupos reunidos para "llenar el buche". Comimos chorizo chuquisaqueño, no estuvo tan picante como advertían (o al menos para mí), pero sí exquisito.

 Casi saliendo del mercado, nos detuvimos en algunos puestos de venta, y hubo uno en particular cuya dueña nos sorprendió por su aparente mal humor. Después que una compañera le preguntase a la señora el costo de varios bocadillos allí expuestos, esta respondió: "¿Para qué preguntan si no van a comprar?". No sé ellos, pero yo nunca antes había escuchado a un vendedor renegar de la curiosidad de sus clientes. Pero bueno, saliendo del mercado fuimos a descansar para luego ir al museo más conocido de la ciudad.

Casa de la Libertad


 La Casa de la Libertad es un sitio de muchísimo valor histórico, porque aquí fue donde nació la Bolivia libre y soberana. Es un museo ubicado en la parte trasera de la Universidad San Francisco Xavier, que cuenta con muy variadas piezas históricas, que van desde muebles antiguos hasta pinturas y armas. La entrada nos costó 10 pesos y valió mucho la pena visitar este lugar.


Un candado en la puerta principal.

 En el libro turístico "Casa de la Libertad Sucre - Bolivia", que venden a 40 pesos en una tienda en los alrededores de la plaza 25 de mayo, dice lo siguiente:

 «La Casa de la Libertad en la que también tuvo sede temporal la célebre Real Academia Carolina, escuela de práctica jurista, era el Claustro Privado con la Capilla Doméstica de los Jesuitas. Desde su dolorosa expulsión en 1767 este este lugar de oración pasó a ser el Aula Magna de la universidad donde se verificaban los exámenes de los doctores de Charcas.»


Esto es lo que aparece en la portada del libro mencionado. Como dato curioso: al parecer alguien rayó "RM" a la derecha de ese tallado de hierro entre febrero de 2006 (fecha de publicación del libro) y mayo de 2015 (fecha del viaje), porque en la portada no aparece eso ahí, mientras que sí sale en esta foto que un compañero tomó.

 Acudimos al lugar en la tarde, y comenzamos entrando a la Sala Virreinal, donde había una mujer guía explicando a algunas personas lo que veían a su alrededor; nos unimos a este grupo y lo seguimos. En el Salón Independencia, la guía contó que ahí defendían sus tesis los universitarios, ubicados a la izquierda mientras el examinador estaba a la derecha, mirándose ambos frente a frente y habiendo de testigo un público específico. Además, dijo que el gobierno había mandado a poner retratos de Túpac Katari y Bartolina Sisa, arriba de los de Bolívar, Sucre y Ballivián, debido a que fueron importantes líderes indígenas que contribuyeron a la lucha por la independencia.


Al fondo del Salón Independencia había una alfombra celeste floreada del siglo XIX.

  Después, entramos a la Sala de los Guerrilleros, donde se conserva la bandera original de Macha, diseñada por Manuel Belgrano, quien, según insinuó la guía, quería una Patria Grande al igual que Bolívar. Dicha bandera es blanco, celeste y blanco, y está bastante deteriorada. Hoy en día se utiliza ese símbolo como bandera de la provincia de Tucumán, en Argentina.


Aquí se conserva la bandera de Macha dentro de una vitrina.

 Además, en esta sala están las cenizas de Juana Azurduy, junto a algunas armas que usó y retratos de ella. Lo curioso fue que la guía enfatizó la importancia de Azurduy como mujer emancipadora y liberadora, lo cual no está mal, pero la manera en que lo dijo sonó muy "progre", por así decirlo. En lo que la guía exageraba era la culpa del "machismo" y del "patriarcado" a la hora de reconocer la importancia de dicha guerrillera en su tiempo. Al salir al patio, seguía hablando de machismo, hasta que un viejito se atrevió a llevarle la contra, y según recuerdo dijo algo como: "No es machismo, era algo normal en esa época, porque...". En realidad no lo escuché muy bien, pero la señora terminó dándole parte de la razón para calmar las cosas. Cuando entramos a otra sala me dieron ganas de felicitar al viejito por tener la valentía de hablar en una época donde se nos echa a los hombres la culpa de todo, pero preferí no hacerlo, aunque luego lo pensé y me hubiera gustado conversar un poco con él.


Una silla con diseño de hace siglos que se conserva en la Sala de los Guerrilleros.

 Pasamos al Salón del Senado, donde hay retratos de todos los presidentes de Bolivia y objetos que les pertenecieron, ya sea armas de fuego, vasijas, sables o medallas. Unos objetos en particular que llamaron la atención fueron los bastones usados por personajes importantes del país.


Aquí se exhiben los bastones de los presidentes Urriolagoitia, Campero y Baptista, entre otros.

 Además, está el uniforme de Hilarión Daza, quien fue presidente al comenzar la Guerra del Pacífico con Chile, incluso hay una foto donde se muestran su cadáver y algunas personas importantes paradas a su lado. También, había un busto gigante de Simón Bolívar hecho de madera al lado de un piano de cola.


Algunas condecoraciones con colores muy llamativos.

 En cuanto a la Universidad San Francisco Xavier, la habíamos visitado en la mañana, aunque entramos por una entrada lateral y no por la principal. Al principio me emocioné, el solo saber que estaba en semejante obra arquitectónica histórica me hizo imaginarme a doctores y académicos con vestimenta del siglo XVIII caminando de aquí para allá; incluso llegué a abrazar algunas columnas, ¡todo sea por sentir el calor de la Historia!

 Hoy en día la universidad sigue en funcionamiento, me di cuenta de ello cuando vi anuncios en las paredes donde se informaba de horarios y demás. Las puertas y ventanas de sus aulas me recuerdan a los años cincuenta, y precisamente aquí también tuve una inseguridad en mi emoción historiofólica debido a la duda de qué partes del edificio han sido restauradas y qué partes conservadas.


Entrada principal de la Universidad San Francisco Xavier.

Cementerio General


 Ya finalizando la tarde fuimos al Cementerio General, donde yacen los restos de personajes históricos importantes del país y de personas comunes y corrientes, aunque los de estas últimas permanecen por cierto tiempo (según recuerdo que dijo un guía, 5 años). En la entrada había niños y jóvenes que trabajaban de guías a cambio de unas cuantas monedas; primero intentamos avanzar sin ninguno, pero luego se nos acercó una de ellos y aceptamos su compañía. Atravesamos los sublimes jardines deteniéndonos tumba por tumba a escuchar la información que nos brindaba la guía.


Contrapicado absoluto de uno de los árboles del jardín.

 Conforme íbamos avanzando, nos iba sorprendiendo la cantidad de datos que almacenaba la cabecita de nuestra guía, quien en su inocente ternura aparentaba ser niña, pero más tarde nos reveló que tenía 18 años.


Restos de un combatiente de la Guerra del Chaco. Nótese el bello tallado del escudo nacional.

 Había un lugar en particular cuyo acceso estaba prohibido, según la guía, desde hace 5 o 10 años; allí yacen dos hermanos de la realeza que cometieron incesto. Cuenta la leyenda una señora murió de un paro cardíaco porque había visto fantasmas en ese lugar, que desde entonces está cerrado. Me hubiera gustado entrar.


Las tumbas prohibidas.

 En cierto lugar hay un monumento dedicado a los jóvenes que murieron luchando por la autonomía universitaria, sus nombres están tallados en un libro abierto al pie de la estatua de una mujer.


A la derecha, nuestra guía, Sonia.

 Finalmente, lo que más me llamó la atención del cementerio fue la sección dedicada a los judíos, quienes emigraron de Alemania huyendo del "Holocausto". Me pareció curioso que el lugar estuviera cerrado al público, según indicó la guía debido a que era un sitio privado.


Israel también tiene presencia en Bolivia.

 Terminado el recorrido, habían bastantes otras tumbas por ver, pero al parecer no eran tan relevantes. Le preguntamos a Sonia cuánto le debíamos y nos dijo que sea de nuestra voluntad. No recuerdo si le dimos 20 o 30 pesos, pero sí que lo habíamos disfrutado. En la salida, uno de los guías coqueteaba con nuestras compañeras de grupo, preguntándoles si eran de Santa Cruz, porque se les notaba "por la pinta" (forma de vestir), y les recomendó visitar el Parque Simón Bolívar.

 Al final del día, volvimos al hostal para descansar un rato. Mi compañero de cuarto y yo acordamos ya no salir hasta el día siguiente; esa noche yo me quedaría a leer un libro (Los Deshabitados) y él a estudiar para una exposición. Sin embargo, nuestras compañeras de grupo fueron al cuarto y nos animaron a salir, así que hubo un cambio rotundo de planes, ¡al fin y al cabo era sábado por la noche!

 Primero fuimos a buscar el Parque Simón Bolívar. Nos tardamos un poco, porque no sabíamos dónde quedaba exactamente, pero al final llegamos. Estaba frente a la Corte Suprema de Justicia, uno de los edificios más majestuosos que vimos, destacaba por su grandeza, no tanto en el sentido de altura sino de lo macizo, grueso y ancho que era. Al otro lado del parque habían aguas danzantes y también estaba la famosa Torre Eiffel roja, réplica original y construida nada más y nada menos que por el mismísimo Gustave Eiffel en 1909.

 Atravesar un parque con no mucha gente en medio de una noche bastante oscura fue algo preocupante para nuestras compañeras, pues pensaban en la posibilidad de que nos asalten o roben, pero gracias al cielo eso no sucedió.

 Cuando regresamos al otro lado del parque, ya para irnos a comer algo (teníamos hambre), vimos que había chicos y chicas bailando caporales, ahí me di cuenta de que las sucrenses eran definitivamente, casi por lo general, mujeres muy hermosas.

 Para cenar, un compañero y una compañera se fueron a comer pizza, mientras que yo me quedé con las demás a pedir hamburguesa; me decidí por una "colombiana" con rodajas de plátano entre medio, y vaya que estaba sabrosa. Al final del día volvimos al hostal directo a dormir.

Castillo de La Glorieta


 A la mañana siguiente, fuimos a zonas alejadas de la ciudad con el objetivo de encontrar paisajes rurales para nuestro trabajo, ya con un miembro menos del grupo (este era un estudiante de intercambio, así que no estaba obligado a acompañarnos). Contratamos los servicios de un taxi, cuyo chofer se llamaba Villavicencio, y nos pusimos en marcha.

 Fue idea de una compañera que visitemos el Castillo de La Glorieta, le hicimos caso y nos encontramos con un lugar bastante encantador. Se encuentra dentro de los territorios del Liceo Militar "Tte. Edmundo Andrade", al lado del río Quirpinchaca; al principio dudé de si era legal que entremos e incluso que tomemos fotos de las afueras del castillo, pues me imaginé que como era zona militar eso estaba prohibido, pero terminamos entrando y tomando fotos del paisaje sin problemas. Luego de ingresar (a excepción de un miembro del grupo que se quedó afuera porque el castillo "no se veía interesante") pagamos 10 pesos (y otros 10 por uso de cámara) por cabeza; las personas que cobraban eran dos señoras sentadas junto a una mesa en el comedor, a la izquierda de la puerta principal.


Fue construido en el siglo XIX.


 En su interior, es un palacio relativamente vacío, pero se conservan chimeneas de mármol y espejos. El techo de la planta baja muestra diseños muy interesantes, y además hay muchas puertas y ventanas. El castillo es realmente amplio, parece sacado de cuentos de hadas.


En el techo del Salón Azul, en la planta baja, hay ángeles que sostienen una cadena de flores.

 Más adelante del comedor, había un pasadizo que conducía a un sótano, pero no entramos. A la derecha de la puerta principal hay una capilla, que aún puede ser usada por los turistas para hacer sus rezos y oraciones; claro, siempre y cuando profesen alguna religión cristiana.


Capilla de La Glorieta.

 En el primer piso había varias puertas cerradas, a las cual dudamos de si ingresar o no, puesto que suponíamos que no se permitía ingresar a esas habitaciones debido al mal estado de su superficie, pero igual entramos. Dos compañeras salieron de una habitación corriendo y casi lloran porque escucharon la voz de una niña cantando o algo así. Respecto a esto, los antaño dueños del castillo (don Francisco de Argadoña y doña Clotilde Urioste) no podían tener hijos, por lo cual adoptaron orfanatos; esto podría explicar aquellas "voces de niños". Había también una habitación con varias vitrinas vacías, que según interpretó una compañera eran "ataúdes donde se velaba a los niños", y de ahí quiso que volvamos a la planta baja.


Escaleras que conducen al primer piso.

 Al salir por la izquierda vimos un jardín, réplica del jardín de Versalles en Francia. Yo caminé hasta una pequeña casita con gradas bastante pequeñas, supuse que era un lugar de juegos para los huérfanos que allí vivían. Oía sonidos raros, por un momento pensé que eran las dichosas "voces", pero en sí sabía que debía tener alguna explicación lógica, y al avanzar más me di cuenta de que era el graznido de los gansos, quienes estaban en una pequeña laguna.


Salida al jardín.

 Nos hubiera gustado explorar más del castillo, pero era demasiado inmenso, y el tiempo nos puso entre la espada y la pared, así que no tuvimos de otra que apresurarnos y volver al taxi para ir a nuestro siguiente destino. No sabíamos si ir primero a La Recoleta o al Parque Cretácico, pero finalmente nos decidimos por este último, pues es lo que más caracteriza a Sucre como ciudad turística.

Parque Cretácico


 La diferencia entre Cal Orcko y el Parque Cretácico es que el primero es más un sitio arqueológico al frente del segundo, el cual es más un "lugar bonito" para informarse sobre los dinosaurios que alguna vez habitaron Chuquisaca.


¡Un pterodáctilo custodia el ingreso!

 La entrada costó 10 pesos (más otros 10 por uso de cámara), y subimos por una rampa que torcía 180º a la izquierda, a la derecha, y así sucesivamente hasta llegar al parque en sí. Había varias esculturas de dinosaurios a color: tricératops, T-rex, apatosaurio, etc.


Escultura de un pleciosaurio.

 Luego de caminar un poco decidimos unirnos al grupo que iba con una mujer guía, la cual informaba sobre los dinosaurios a través de un megáfono. Llegamos a la parte que está a la derecha de la entrada del parque, donde hay una especie de corredor-observatorio con 4 o 5 telescopios con los que se puede observar con detalle las huellas de Cal Orcko ubicadas al frente, a gran distancia de ellos. Usar los telescopios cuesta 2 pesos, con los cuales se compra una ficha para colocar en una ranura, desbloqueando así la vista del telescopio, conectado a un binocular.


La guía mostrando un álbum de fotografías de Cal Orcko, donde se puede comparar el tamaño de las huellas con el de un ser humano.

 La verdad esperaba más de este lugar, aunque supongo que mi decepción se debió a que no estaba informado. Por otro lado, hubiera sido interesante también visitar Cal Orcko, pero no pudimos por falta de tiempo, y más tarde nos encontraríamos con unos compañeros de otro grupo que sí habían ido, e incluso se tomaron fotos usando cascos y atravesando el lugar

 Al salir de ahí, vimos que el taxista se había ido, por un momento pensamos que nos había abandonado, aunque era más reconfortante pensar que estaba almorzando en alguna pensión cercana. Lo llamamos y no contestaba a su celular, hasta que después de un rato regresó, y como si nada entramos al taxi sin pedir explicaciones ni recibirlas por parte del chofer, menos mal que no resultó ser ningún ladrón, y nos llevamos bien hasta el final.

En las afueras de la ciudad


 Ya de vuelta al centro queríamos ir a La Recoleta pero no había tiempo, pues era hora de almorzar; por tanto, le pedimos al taxista que nos lleve a un restaurante en el centro de la ciudad. En el trayecto, él nos contó que antes Sucre era una ciudad más segura, y que últimamente habían habido más asaltos. De todos modos, al final nadie del grupo sufrió de asaltos ni nada por el estilo.


Vista panorámica de la ciudad de Sucre.

 Las casas de los alrededores, a diferencia de las del centro, parecían recién construidas; tenían en su mayoría estructura de ladrillo expuesta sin pintura ni recubrimiento, me recordaron a La Paz. No es que esto sea malo o feo, sino que crea un interesante contraste entre las partes mencionadas de la ciudad.


Casas de los alrededores de Sucre, bajo un cielo despejado y celeste puro.

 Las calles de las afueras constituyen muchas curvas, subidas y bajadas, gracias a que la ciudad está rodeada de cerros. Aun así, Villavicencio demostró ser un buen taxista y no puso en riesgo nuestras vidas en ningún momento. Sin embargo, según me contó una compañera de otro grupo, el chofer del taxi que tomó su grupo les cobró 50 pesos solo (repito, solo) la ida al Parque Cretácico, y de vuelta se fueron en otro, pero él les amenazó con denunciarlas a la policía (sabía dónde estaba el hostal) si no le pagaban otros 50, porque supuestamente lo habían contratado para ida y vuelta. Por nuestra parte, Villavicencio nos cobró 120 pesos (30 por hora), y valió la pena, porque fue un recorrido libre casi sin destino específico planeado con anterioridad.


Al fondo propaganda electoral para Esteban Urquizu, gobernador de Chuquisaca desde 2010.

 Ya en el restaurante, la mayoría de nosotros pidió mondongo, un plato típico sucrense parecido al asadito colorado de Vallegrande (provincia de Santa Cruz). Personalmente me pareció bueno, aunque el chorizo chuquisaqueño estaba mejor. Después algunos fuimos al Festival del Chocolate a conseguir más de estos deliciosos bocadillos; yo compré una caja para unos amigos de otro semestre.

 Luego de eso volvimos al hostal para alistar las maletas, y fuimos a tiendas de baratijas para traernos alguno que otro recuerdo. A la hora de partir, otro grupo y el mío tomamos un micro a la terminal de buses (seguramente los demás grupos habrán tomado taxi o micro dependiendo de la situación), donde esperamos alrededor de una hora para que lleguen las flotas que nos iban a llevar. En dicha terminal había varias tiendas de recuerdos, también de libros, y aquí fue precisamente donde me conseguí el famoso Libro del Mar que estuvo de moda estos últimos meses. Como sea, una vez llegada la flota, subimos todos y nos pusimos en marcha, el resto es historia.

Epílogo


 Así, finaliza un viaje que quedará para siempre en mi kokoro, y estoy seguro que el tuyo también si es que alguna vez te animás a ir. ¡Sucre tiene un montón de cosas para ofrecer! Si querés ver más fotografías del viaje, están aquí, aunque en menor calidad y tomadas todas por mí, ya que las de esta entrada son en su mayoría producto del trabajo de mis compañeros de grupo.

 En fin, si de casualidad no te emociona tanto esta ciudad cuando la visités, tal vez estés acostumbrado a los paisajes urbanos andinos o subandinos y yo lo exageré todo. No salía del departamento de Santa Cruz desde que tenía 2 años de edad, y ahora que tuve la oportunidad quedé completamente enamorado de Sucre.

 De todos modos, creo que el encanto de esta ciudad radica en la manera en que pasado y presente conviven de manera armoniosa aunque a veces dubitativa. En todo su esplendor casi parece un pueblito, ¡un pueblito enorme que se respeta a sí mismo y a sus habitantes! Tal vez por eso es que no hay allí tanta delincuencia como en Santa Cruz. Sé que rondaré en la especulación al decir esto, pero creo que si la sede de gobierno volviera a Sucre, la ciudad tomaría más "importancia" y se empezaría a "modernizar", aumentando así el conflicto entre conservar el Patrimonio Histórico para seguir gozando de ese magnífico misterio que la caracteriza y hacer más rascacielos para "no quedar atrasados" al ser "más cosmopolitas". Ciudades como esta merecen más atención en este mundo, ¡no todo lo moderno es necesariamente bueno!

4 comentarios:

  1. Tuve la oportunidad de conocer esta ciudad hace unos 6 años, pero no la había visto con tu óptica. Me has hecho dar ganas de volver a visitarla.
    Buen post.

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  2. Soy de Sucre pero vivo en Santa Cruz y leí tu post. Gracias por los halagos pero me parece poco profundo tu relato, como si alguien de colegio lo hubiera redactado. Espero no te moleste mi observación.

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  3. Voy cada 2 años, buen post +10 y a favoritos.

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  4. error no haber ido a la Recoleta ....el tiempo es lo menos importante en Sucre ...buen relato ...saludos

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